Las estadísticas se pueden interpretar de acuerdo con los intereses y circunstancias. Por ejemplo, los gobiernos regional y nacional dirán que comparativamente hablando, en Norte de Santander los índices de pobreza han disminuido un poco y los que la padecen dirán que eso no es tan cierto porque ni para alimentarse bien alcanza.
La Gobernación y las alcaldías podrán tomar la Encuesta de Calidad de Vida del DANE y decir que bajó en tres puntos porcentuales el número de hogares que se percibe pobre, al comparar los datos del año pasado (52,3 por ciento) con los de 2021 (55,3 por ciento).
La reducción no es para hacer fiesta ni sirve para sacar pecho, porque si nos vamos a recorrer el departamento nos encontraremos con 263.000 hogares que se sienten afectados por este mal que tiene variadas y complicadas implicaciones en la vida diaria.
Que los jefes de esos núcleos familiares expresen que se encuentran en difíciles condiciones socioeconómicas, indica que estamos en una lamentable situación porque nada menos que un poco más de la mitad de los habitantes se encuentran en pobreza monetaria y pobreza monetaria extrema.
Y, lo peor de todo, es que al 41 por ciento de los hogares nortesantandereanos no les alcanza para cubrir sus gastos mínimos, llevando a dramas como el de reducir el número de comidas, que en plata blanca significa hambre y en algunos casos, desnutrición.
Los resultados de mediciones como estas las deberían tomar los candidatos y grupos políticos que se alistan a disputar el poder regional y local en las elecciones de octubre, para definitivamente dejar de tener una masa a la que se manipula con promesas, y poner en sus programas la lucha contra la pobreza y la miseria.
Es que aquí el asistencialismo, por ejemplo, no puede ser la solución. Tal vez sea necesario en una fase inicial mientras se sacan adelante las etapas para la industrialización de la región, el fortalecimiento del sector agropecuario y la recuperación total del intercambio comercial fronterizo. No solo son mercados y campañas de emprendimiento que si no tienen una fortaleza técnica y financiera terminan en nada.
Se supondría que Norte de Santander debería estar dentro del programa de transferencia monetaria de Prosperidad Social con esos 263.000 hogares que hoy la pasan muy mal para sobrevivir.
Y, además, debería haber una especie de impulso especial a la región para la diversificación del aparato productivo que es esencial para la generación de empleo y de oportunidades a esas miles de personas asfixiadas por la crisis desde hace varios años.
Sin embargo, recordemos que así como la pobreza es transversal a todas las políticas económicas y sociales, la inseguridad también lo es, sin olvidar que estos males están muy conectados, tanto desde el punto de vista de las causas como de los efectos.
Luego la complejidad de la situación llama a plantear soluciones al Gobierno Nacional para ese “estartazo” a la economía local porque no podemos seguir acumulando mediciones y diagnósticos que dicen mucho pero es muy lento o casi imperceptible el movimiento de planes y medidas que impulsen a la región para arrebatarle de las garras de la dañina pobreza a esa gran cantidad de personas en territorio nortesantandereano.
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