La Opinión
Suscríbete
Elecciones 2023 Elecciones 2023 mobile
Una cuadra con veinte casas no ha sufrido ni un rasguño en Gramalote
Al dejar atrás el escenario de  calles rasgadas, casas arrugadas y  despedazadas, y montículos de escombros, hacia arriba el paisaje es otro. El callejón es la frontera entre la destrucción y la normalidad.
Domingo, 9 de Enero de 2011
Al dejar atrás el escenario de  calles rasgadas, casas arrugadas y  despedazadas, y montículos de escombros, hacia arriba el paisaje es otro. El callejón es la frontera entre la destrucción y la normalidad.

ernesto.duarte@laopinion.com.co

La pintura que se encuentra en la nave central de la derruida iglesia San Rafael no podrá salvarse de la destrucción.
Veinte casas de ‘El Bosque’, en la salida a Lourdes, forman la única cuadra de Gramalote que se salvó de ser arrollada por la falla geológica que bajó del cerro de La Cruz.

Al dejar atrás el escenario de  calles rasgadas, casas arrugadas y  despedazadas, y montículos de escombros, hacia arriba el paisaje es otro. El callejón es la frontera entre la destrucción y la normalidad.

Como si una poderosa barrera invisible las hubiera detenido, las enormes y profundas grietas que rompieron el pavimento,  no tocaron la única calle que no presenta ‘heridas’.

Tampoco las estructuras y paredes de las viviendas padecieron, por el momento, la ‘enfermedad’ que  tumbó y averió las de manzanas abajo. También se salvó la piscina que no alcanzó a recibir bañistas en balneario vecino.

Un elocuente transportador de frutas trató de encontrarle una explicación y en su léxico encontró la palabra: “¡milagro!”.

A este concepto se unió el comerciante Crispín Blanco Figueredo. El día del éxodo partió para Lourdes, pasó a Cúcuta y salió para San Gil (Santander). El 6 de enero volvió y encontró su casa y la de 19 vecinos más, sin un ‘rasguño’.

Le dio el crédito de la acción divina al Señor de los Milagros, cuya imagen tenía en una gruta al frente de su hogar. En contraste, la estatuilla no pudo librarse de la acción ‘maléfica’ de los saqueadores que se la llevaron.

Con los brazos cruzados porque no pudo volver a viajar a Cúcuta a llevar lulo, plátano, tomate, limón, chocheco, naranja y guineo, el camionero gramalotero desocupado confesó un salvador detalle:

-Esa avalancha, supuestamente, venía por aquí y no sé cómo se desvió, agarró para el pueblo y se fue para abajo por aquella peña. Se debía venir por aquí por donde pasa el callejón y las primeras casas que se iban a caer eran estas. Y resulta que no. Esto fue lo que quedó del pueblo.

Por la parte encajonada cruza el agua y casi al frente de las construcciones que siguen en pie, las ramas de un árbol retienen una enorme roca que puede desprenderse de un momento a otro.

-Ayúdenos a pedirles a las autoridades que la destruyan para impedir que algún desprendimiento de tierra la convierta en una amenaza, pidieron varios habitantes a los periodistas.

¿Y allí está viviendo alguien?

-No. Nosotros salimos hacia el Instituto Agrícola, en la parte de arriba, donde hay otras familias que huyeron en el éxodo.

La contundente respuesta negativa la dio el conductor.

Sin necesidad de ser sicólogo, observó que intentar residir en el Gramalote actual,  atenta contra la salud mental.

-Si uno se despierta aquí y  ve el pueblo destruido se vuelve uno loco, se vuelve uno chiflado.

Pero, como buen gramalotero arranchado a las creencias religiosas, trató de buscar ahí la explicación a la destrucción del pueblo de 153 años.

-Dios nos quitó las casitas, nos quitó el pueblo, pero no nos ha quitado el espíritu de vivir que es lo más importante.

-Gramalote se ha acabado, pero los gramaloteros no hemos perdido la esperanza de trabajar, de seguir adelante, de mirar a ver qué hacemos, concluyó.

Por el embarrado y difícil camino de acceso al destrozado municipio que en sus buenos tiempos albergó a 6.233 personas, subía a paso lento y con tropiezos, Simeón Velásquez.

No quiso que le contaran. Este hombre de avanzada edad se fue a mirar lo que pasó y al divisar a la iglesia con una sola torre, confesó:

-Pero viendo estas subidas y estos volcamientos de tierra le da a uno como afán, se asusta uno de ver como que seré el fin del mundo. Si acaso no son avisos que nos están dando ya.

-Uno piensa que nada se mueve sin la autorización de mi Dios. Dice la Biblia que ni una hoja se caerá sin que Dios lo permita. Entonces, uno piensa que (en) todo esto también está Dios. Es una demostración para que tengamos más fe o para que nos arrepintamos de lo malo que hemos sido.

Achacar lo ocurrido a acciones de castigo divino no le pareció pertinente al párroco de Los Patios,

William Aguilar Vargas, nacido en Lourdes.

-Mucha gente lo asocia con pasajes bíblicos, pero esta es una realidad de la naturaleza. Hay una falla geológica que desde hace mucho tiempo a la gente se le había ido advirtiendo. Pero,  nadie pensaba que la magnitud de la tragedia fuera tal como para convertir en ruinas el pueblo.

Reforzó la afirmación al reiterar que el desmoronamiento del municipio no puede asociarse con una destrucción divina “porque eso no es cuestión de que mi Dios nos va a acabar así. No”.

Más bien aprovechó para observar los daños que los inexplicables movimientos de tierra en veredas de Lourdes, donde 45 viviendas se destruyeron.

El sacerdote estuvo el 6 de Reyes Magos en la zona de desastre para llevar ayuda a las personas que se encuentran en cuatro veredas afectadas por el siniestro.

Aguilar Vargas escuchó las campanas de la iglesia San Rafael. El tañido lo llevó a referenciar el hecho de que se trata del segundo templo de Norte de Santander “más especial, más decorado y más bonito”.  La primera es la Catedral San José de Cúcuta, recordó.

Hermes, el restaurador

Sobre las ruinas de la iglesia se paró el maestro José Hermes Botello para apreciar  lo que queda en pie de la nave central.

Al fondo, en la bóveda azul parecieran flotar las figuras de Jesús y de tres ángeles que lo acompañan.

Ese dibujo religioso lo restauró Botello hace siete años. Estaba oculto bajo capas de carburo y punturas que lo cubrieron durante 50 años.

-La hipótesis por la cual lo habían tapado es que le faltaba el rostro a Jesucristo y la mitad de los ángeles.

-Le quitamos toda la pintura que le echaron durante medio siglo y la dejamos como se ve así, dijo el encargado de la escuela de violines y de artes plásticas del destruido municipio.

Botello tomó varias fotos del mural que inexorablemente bajará a lo profundo de la tierra que se está abriendo en la zona central de Norte de Santander.

La casa del maestro, situada en la urbanización Santa Anita quedó vuelta añicos por el desastre natural. “Estaba pegadita al lado de la avalancha y fue de las primeras en venirse abajo”, recordó adolorido.



Temas del Día