Miércoles, 16 de Octubre de 2013
~Quienes nacimos y crecimos en el campo, nos criamos con perros y fuimos
sus amigos desde pequeños. Las gentes de la ciudad no son tan amigas de
los perros y no los conocen como sí los conocemos los del campo.~
Quienes nacimos y crecimos en el campo, nos criamos con perros y fuimos sus amigos desde pequeños. Las gentes de la ciudad no son tan amigas de los perros y no los conocen como sí los conocemos los del campo.
Las virtudes del perro son muchas: Juega con nosotros, cuida la casa, hace mandados, es fiel, leal hasta la muerte y no conoce la hipocresía. No conozco ningún perro que salte de alegría delante de alguien, y luego lo muerda por detrás. En cambio los hombres ¡da tristeza decirlo! pero somos todo lo contrario: Adulamos por delante y mordemos por detrás. No sé quién lo dijo pero tenía toda la razón: “Entre más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”.
La historia es rica en asuntos de perros. Los que van a Edimburgo se encuentran con la estatua de un perro, que recuerda al perro de un policía de la ciudad que murió en el cementerio al pie de la tumba de su dueño. Durante diecisiete años los vecinos alimentaron ese perro, fiel hasta la muerte.
Cuentan los que viajan que en varias ciudades europeas hay estatuas a perros que se distinguieron por su fidelidad. Fido fue un perrito que acompañaba a su dueño todos los días a tomar el tren y lo esperaba todas las tardes al regreso del tren. Su dueño murió un día en la guerra, pero el animalito volvía todas las tardes a esperarlo y siguió esperándolo hasta que, viejo y enfermo, Fido murió de esperanza inútil. Una estatua lo recuerda como “ejemplo de amor y fidelidad”.
Me contaron que en Durania, Norte de Santander, a una perra madre le quitaron sus perritos muy temprano. Ella siguió a uno de ellos, que se lo llevaron a un campo, situado a tres horas de camino. La perra regresó al pueblo, y todas las mañanas, antes de amanecer, iba hacia la finca lejana a amamantar a su perrito.
Sé de un perro cuyo dueño se enfermó y lo hospitalizaron. El perro permaneció a las puertas del hospital, en espera de su amo, que desafortunadamente falleció. Cuando sacaron el cadáver, el perro lo siguió, como si supiera quién era el muerto. Lo siguió a la funeraria y después al cementerio, donde falleció de tristeza.
Por todo esto y mucho más, yo soy un enamorado de los perros. En mi casa siempre ha habido un chandoso, que hace bulla y nos despierta con sus ladridos a la media noche, pero lo queremos. Sin embargo, me preocupa la manada de perros que deambulan por la ciudad, sin dueño y sin destino. Son perros tristes, perros gamines, que dan espectáculos grotescos en las calles, perros que buscan un pedazo de pan o un hueso. Debiera haber en Cúcuta una sociedad protectora de animales que recoja los perros y gatos abandonados, para que tengan por lo menos un techo y alguna comida. Que sea un lugar no para sacrificarlos, sino para que vivan alegremente. Quizás un poco de voluntades y de bolsillos unidos, puedan hacer no una fatídica perrera, sino un hogar para animales.
Y me preocupa también la costumbre de algunos, de sacar a sus perros a dar una vuelta para que hagan sus necesidades. Muy bien. Pero ojalá que esos dueños lleven la palita y la bolsita para que recojan los excrementos de sus perros. Así la vida es más feliz para todos.
Las virtudes del perro son muchas: Juega con nosotros, cuida la casa, hace mandados, es fiel, leal hasta la muerte y no conoce la hipocresía. No conozco ningún perro que salte de alegría delante de alguien, y luego lo muerda por detrás. En cambio los hombres ¡da tristeza decirlo! pero somos todo lo contrario: Adulamos por delante y mordemos por detrás. No sé quién lo dijo pero tenía toda la razón: “Entre más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”.
La historia es rica en asuntos de perros. Los que van a Edimburgo se encuentran con la estatua de un perro, que recuerda al perro de un policía de la ciudad que murió en el cementerio al pie de la tumba de su dueño. Durante diecisiete años los vecinos alimentaron ese perro, fiel hasta la muerte.
Cuentan los que viajan que en varias ciudades europeas hay estatuas a perros que se distinguieron por su fidelidad. Fido fue un perrito que acompañaba a su dueño todos los días a tomar el tren y lo esperaba todas las tardes al regreso del tren. Su dueño murió un día en la guerra, pero el animalito volvía todas las tardes a esperarlo y siguió esperándolo hasta que, viejo y enfermo, Fido murió de esperanza inútil. Una estatua lo recuerda como “ejemplo de amor y fidelidad”.
Me contaron que en Durania, Norte de Santander, a una perra madre le quitaron sus perritos muy temprano. Ella siguió a uno de ellos, que se lo llevaron a un campo, situado a tres horas de camino. La perra regresó al pueblo, y todas las mañanas, antes de amanecer, iba hacia la finca lejana a amamantar a su perrito.
Sé de un perro cuyo dueño se enfermó y lo hospitalizaron. El perro permaneció a las puertas del hospital, en espera de su amo, que desafortunadamente falleció. Cuando sacaron el cadáver, el perro lo siguió, como si supiera quién era el muerto. Lo siguió a la funeraria y después al cementerio, donde falleció de tristeza.
Por todo esto y mucho más, yo soy un enamorado de los perros. En mi casa siempre ha habido un chandoso, que hace bulla y nos despierta con sus ladridos a la media noche, pero lo queremos. Sin embargo, me preocupa la manada de perros que deambulan por la ciudad, sin dueño y sin destino. Son perros tristes, perros gamines, que dan espectáculos grotescos en las calles, perros que buscan un pedazo de pan o un hueso. Debiera haber en Cúcuta una sociedad protectora de animales que recoja los perros y gatos abandonados, para que tengan por lo menos un techo y alguna comida. Que sea un lugar no para sacrificarlos, sino para que vivan alegremente. Quizás un poco de voluntades y de bolsillos unidos, puedan hacer no una fatídica perrera, sino un hogar para animales.
Y me preocupa también la costumbre de algunos, de sacar a sus perros a dar una vuelta para que hagan sus necesidades. Muy bien. Pero ojalá que esos dueños lleven la palita y la bolsita para que recojan los excrementos de sus perros. Así la vida es más feliz para todos.
