Miércoles, 29 de Octubre de 2014
-Bienvenidas –dijo la bruja cucuteña, que oficiaba de anfitriona-. Están ustedes en el mejor vividero del mundo, Aquí gozamos, nos divertimos y las escobas son baratas.
Las asistentes aplaudieron. Estaban reunidas, las de aquí y las de allá, de Colombia y de Venezuela, integradas, como debe ser, hermanadas por lazos de sangre y magia negra, aprovechando la fecha, mal llamada Fiesta de los niños.
-Nos hemos reunido -siguió diciendo la de casa- para tratar ciertos temas de interés para el gremio. Sabemos, por ejemplo, que las socias de Venezuela están atravesando momentos verdaderamente difíciles. No consiguen escobas y las pocas que hay son de pura paja.
-No se oye –gritó una bruja desde el fondo del patio. Estaban en cualquier lugar de la ciudad, a campo abierto, pero era notoria la falta de un equipo de sonido.
-Perdonen, compañeras, la incomodidad, pero nos vimos obligadas a no traer micrófono, para evitar que el alcalde Donamaris llegue a echarnos su discurso. El hombre lleva la locución en las venas y donde ve un micrófono, unos cables o una cámara, allí se pega y nadie lo quita.
Las brujas aplaudieron tan sabia decisión. Tomó la palabra una bruja venezolana, de bonita presencia, nariz aguileña y figura refinada. En Venezuela existen escuelas de brujería, como existen escuelas de belleza, donde las aspirantes al vuelo por la comba sideral aprenden no sólo a volar y mantenerse a flote en medio de las tempestades, sino a maquillarse, a arreglarse el peinado, a lucir coquetas y elegantes. En cambio, las nuestras siguen siendo narizonas, de ojos saltones y cabellera desflecada.
La venezolana dijo que, en efecto, el ejercicio de la profesión estaba cada día más difícil en la patria de Bolívar, por la escasez de productos y la exigencia de registrar las huellas dactilares para cualquier mísera compra, y las brujas no tienen huellas sino manchones. Capirotes, túnicas moradas, cadenas y sonajeros de miedo están por los aires y sólo los pueden adquirir las brujas cercanas a Maduro, o las que estuvieron cercanas al finado Hugo Rafael.
-Mientes tú –dijo otra venezolana-. Nicolás nos ha dado todas las libertades que hemos querido, pero muchas de ustedes se dedicaron al contrabando de recetas secretas, esencias, patas de gato, uñas de tigre y menjurjes del averno. Ustedes, las que eso hacen, son enemigas de la revolución bolivarista y hay que seguirles juicio revolucionario para meterlas a la guandoca y que nunca más puedan volver a volar.
Protestaron algunas, gritaron otras, volaron las más y un ruido de escobas se escuchó por el espacio. Se formó el zafarrancho en un santiamén. Tuvo que intervenir, entonces, la delegación del presidente Santos para pedir paz porque el palo no estaba para cucharones. La bruja de la Casa de Nariño se ofreció de mediadora y propuso adelantar diálogos de paz en La Habana, propuesta que fue rechazada por la delegación cubana alegando que ya no había hoteles disponibles en Cuba, copados todos por las fuerzas guerrilleras colombianas.
En medio de la barahúnda, se escuchó el alarido de la bruja maestra de ceremonias para pedir absoluto silencio, porque se acercaba el Alcalde y era mejor que no las viera. Así se evitaban el tener que escucharle sus rendiciones de cuentas y sus promesas incumplidas. El aquelarre tuvo que suspenderse sin haber llegado a ninguna conclusión y sin haber disfrutado del brindis preparado con sangre de gato negro. Las brujas cucuteñas tendrán que esperar otro año para volver a reunirse con sus pares venecas.
Las asistentes aplaudieron. Estaban reunidas, las de aquí y las de allá, de Colombia y de Venezuela, integradas, como debe ser, hermanadas por lazos de sangre y magia negra, aprovechando la fecha, mal llamada Fiesta de los niños.
-Nos hemos reunido -siguió diciendo la de casa- para tratar ciertos temas de interés para el gremio. Sabemos, por ejemplo, que las socias de Venezuela están atravesando momentos verdaderamente difíciles. No consiguen escobas y las pocas que hay son de pura paja.
-No se oye –gritó una bruja desde el fondo del patio. Estaban en cualquier lugar de la ciudad, a campo abierto, pero era notoria la falta de un equipo de sonido.
-Perdonen, compañeras, la incomodidad, pero nos vimos obligadas a no traer micrófono, para evitar que el alcalde Donamaris llegue a echarnos su discurso. El hombre lleva la locución en las venas y donde ve un micrófono, unos cables o una cámara, allí se pega y nadie lo quita.
Las brujas aplaudieron tan sabia decisión. Tomó la palabra una bruja venezolana, de bonita presencia, nariz aguileña y figura refinada. En Venezuela existen escuelas de brujería, como existen escuelas de belleza, donde las aspirantes al vuelo por la comba sideral aprenden no sólo a volar y mantenerse a flote en medio de las tempestades, sino a maquillarse, a arreglarse el peinado, a lucir coquetas y elegantes. En cambio, las nuestras siguen siendo narizonas, de ojos saltones y cabellera desflecada.
La venezolana dijo que, en efecto, el ejercicio de la profesión estaba cada día más difícil en la patria de Bolívar, por la escasez de productos y la exigencia de registrar las huellas dactilares para cualquier mísera compra, y las brujas no tienen huellas sino manchones. Capirotes, túnicas moradas, cadenas y sonajeros de miedo están por los aires y sólo los pueden adquirir las brujas cercanas a Maduro, o las que estuvieron cercanas al finado Hugo Rafael.
-Mientes tú –dijo otra venezolana-. Nicolás nos ha dado todas las libertades que hemos querido, pero muchas de ustedes se dedicaron al contrabando de recetas secretas, esencias, patas de gato, uñas de tigre y menjurjes del averno. Ustedes, las que eso hacen, son enemigas de la revolución bolivarista y hay que seguirles juicio revolucionario para meterlas a la guandoca y que nunca más puedan volver a volar.
Protestaron algunas, gritaron otras, volaron las más y un ruido de escobas se escuchó por el espacio. Se formó el zafarrancho en un santiamén. Tuvo que intervenir, entonces, la delegación del presidente Santos para pedir paz porque el palo no estaba para cucharones. La bruja de la Casa de Nariño se ofreció de mediadora y propuso adelantar diálogos de paz en La Habana, propuesta que fue rechazada por la delegación cubana alegando que ya no había hoteles disponibles en Cuba, copados todos por las fuerzas guerrilleras colombianas.
En medio de la barahúnda, se escuchó el alarido de la bruja maestra de ceremonias para pedir absoluto silencio, porque se acercaba el Alcalde y era mejor que no las viera. Así se evitaban el tener que escucharle sus rendiciones de cuentas y sus promesas incumplidas. El aquelarre tuvo que suspenderse sin haber llegado a ninguna conclusión y sin haber disfrutado del brindis preparado con sangre de gato negro. Las brujas cucuteñas tendrán que esperar otro año para volver a reunirse con sus pares venecas.
