La cucuteña María Karen Andrea Herrera dice que hablar sobre el arte es recordar los mejores años de su vida hasta hoy, una realidad que se ve reflejada en cada uno de los cuadros, que con orgullo, ha pintado con sus manos.
Aunque esta pasión nació a sus 7 años, rememora que gran parte de su sueño se debe a su abuela, una tierna mujer que siempre confió en su talento y en su carrera como artista, una profesión que según ella no es tan bien recibida por algunos, pero que a la larga, se convirtió en la mejor forma de transmitir los sentimientos más profundos que no se pueden expresar con palabras y mucho menos con letras.
“Desde pequeña, las pinturas siempre me llamaron la atención, me fui enamorando de los colores, de los trazos, de las formas, no sabía que ese amor cada vez iba a crecer más, a tal punto de querer dedicarme completamente a esto”, expresó.
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Su infancia la vivió con su familia en el barrio San Luis y se graduó de bachiller en el Colegio Integrado Simón Bolívar con sede en San Martín y aunque inició sus estudios superiores en la rama del Derecho, sabía que lo suyo era el mundo de las Artes y Humanidades, una opción que finalmente optó por tomar para descubrir sus misterios.
Aunque no estudió en las academias más lujosas o con los artistas más destacados, María Karen formó un perfil que deslumbró a más de un amante del arte en la ciudad, con ayuda de las redes sociales y las plataformas digitales, logró que sus pinturas hablaran por ella y su nombre empezó a ser conocido en este mundo.
La artista recuerda que un gran amigo se convirtió en su ‘ángel’, ya que le obsequió unos pinceles y óleos para impulsar su carrera, un gesto que hasta el día de hoy, recuerda con mucho aprecio, el mismo que le demostró al regalarle uno de los primeros cuadros que pintó en esta nueva etapa.
En el 2019 logró gestionar un espacio en el Capitolio Nacional en Bogotá, allí expuso sus obras más representativas, demostrando que el arte es la forma más auténtica de comunicarse, incluso en lugares donde muchas veces pasan inadvertidos.
Aunque tocó muchas puertas en la ciudad fronteriza, la cucuteña no encontró un respaldo para impulsar su trabajo, así que con sentimientos encontrados, empacó sus maletas, que iban repletas de sueños y se marchó para probar suerte en Medellín.
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“Salir de la zona de confort es un paso muy difícil, saber que te vas a enfrentar a lo desconocido es algo que puede causar mucho miedo, pero no sabremos lo que hay detrás de eso sino lo enfrentamos, gracias a Dios en mi caso, habían cosas maravillosas esperándome”, recordó.
