Miércoles, 5 de Junio de 2013
Si usted amable lector, tiene dentro de sus planes conocer a Ocaña, o si hace mucho tiempo que no viene a la segunda ciudad de Norte de Santander y piensa hacerlo, es probable que la confunda con una finca grande.
El ganado vacuno, equino y porcino, deambula por calles céntricas y parques sin que nadie se inmute. Al parecer, las multas son irrisorias, porque los propietarios de vacas, burros, cerdos y caballos los siguen criando en zonas públicas y poco les importa el ambiente de potrero que se observa en la otrora ciudad culta e histórica.
Y que quede bien claro que esto no ocurre solo en la actual administración municipal, no, la apatía gubernamental y la carencia de sentido de pertenencia de los habitantes que se dedican a la “ganadería pública”, viene de mucho tiempo atrás.
El problema que generan los animales en los sitios públicos, no solo es estético, sino que están provocando accidentes de tránsito, como el que ocurrió la madrugada del sábado pasado, cuando un joven conductor embistió a dos vacas en el céntrico sector de Martinete.
Aunque los animales murieron, para fortuna del sorprendido joven, sufrió lesiones leves , el enorme susto y daños de consideración en su carro. Es triste y deprimente que esto ocurra en pleno siglo XXI y cuando se pretende proyectar una imagen turística a nivel nacional e internacional.
De acuerdo con lo manifestado por el director de la Unidad Técnica Ambiental, René Carvajalino, los transgresores reciben comparendos lúdicos la primera vez que sus animales sean sorprendidos fuera de sus casas y la multa de 240 mil pesos si son reincidentes.
Con sanciones tan suaves es muy difícil que los propietarios de los animales que salen a pastear en los parques, plazoletas y las orillas de las corrientes de aguas negras, renuncien a la perjudicial actividad pecuaria.
De acuerdo con lo manifestado por el jefe de la oficina de espacio público, Mauricio Angarita, entre él y el director de la UTA, tienen un censo de los barrios donde habitan los dueños de los animales que deambulan por la avenida Fernández de Contreras, los barrios aledaños y céntricos.
Según los funcionarios, en varias oportunidades han sido multados, pero como las sanciones pecuniarias son tan suaves, ellos insisten en utilizar el espacio público como si fueran extensiones de sus huertas y solares.
Además de darle a Ocaña un aspecto de potrero grande, la presencia constante de semovientes en calle y parques, sobre todo en las noches y madrugadas , amenaza con provocar accidentes con motociclistas y conductores de carros.
Si la actual alcaldía está interesada en devolverle a Ocaña el prestigio de historia y cultura, debería revisar la actual legislación municipal, y si es posible, incrementar las multas, para poner en cintura al número pequeño de habitantes que están decididos a convertir a la ciudad en un criadero público de cerdos, vacas, burros y caballos.
A esas personas insensatas hay que recordarles que no siguen viviendo en sus pueblos nativos y que como ciudadanos deben estar sujetos al cumplimiento de una serie de normas.
El ganado vacuno, equino y porcino, deambula por calles céntricas y parques sin que nadie se inmute. Al parecer, las multas son irrisorias, porque los propietarios de vacas, burros, cerdos y caballos los siguen criando en zonas públicas y poco les importa el ambiente de potrero que se observa en la otrora ciudad culta e histórica.
Y que quede bien claro que esto no ocurre solo en la actual administración municipal, no, la apatía gubernamental y la carencia de sentido de pertenencia de los habitantes que se dedican a la “ganadería pública”, viene de mucho tiempo atrás.
El problema que generan los animales en los sitios públicos, no solo es estético, sino que están provocando accidentes de tránsito, como el que ocurrió la madrugada del sábado pasado, cuando un joven conductor embistió a dos vacas en el céntrico sector de Martinete.
Aunque los animales murieron, para fortuna del sorprendido joven, sufrió lesiones leves , el enorme susto y daños de consideración en su carro. Es triste y deprimente que esto ocurra en pleno siglo XXI y cuando se pretende proyectar una imagen turística a nivel nacional e internacional.
De acuerdo con lo manifestado por el director de la Unidad Técnica Ambiental, René Carvajalino, los transgresores reciben comparendos lúdicos la primera vez que sus animales sean sorprendidos fuera de sus casas y la multa de 240 mil pesos si son reincidentes.
Con sanciones tan suaves es muy difícil que los propietarios de los animales que salen a pastear en los parques, plazoletas y las orillas de las corrientes de aguas negras, renuncien a la perjudicial actividad pecuaria.
De acuerdo con lo manifestado por el jefe de la oficina de espacio público, Mauricio Angarita, entre él y el director de la UTA, tienen un censo de los barrios donde habitan los dueños de los animales que deambulan por la avenida Fernández de Contreras, los barrios aledaños y céntricos.
Según los funcionarios, en varias oportunidades han sido multados, pero como las sanciones pecuniarias son tan suaves, ellos insisten en utilizar el espacio público como si fueran extensiones de sus huertas y solares.
Además de darle a Ocaña un aspecto de potrero grande, la presencia constante de semovientes en calle y parques, sobre todo en las noches y madrugadas , amenaza con provocar accidentes con motociclistas y conductores de carros.
Si la actual alcaldía está interesada en devolverle a Ocaña el prestigio de historia y cultura, debería revisar la actual legislación municipal, y si es posible, incrementar las multas, para poner en cintura al número pequeño de habitantes que están decididos a convertir a la ciudad en un criadero público de cerdos, vacas, burros y caballos.
A esas personas insensatas hay que recordarles que no siguen viviendo en sus pueblos nativos y que como ciudadanos deben estar sujetos al cumplimiento de una serie de normas.
