Inauditas por decir lo menos, las recientes menciones de Iván Gallo publicadas en un portal de internet sobre Cúcuta y nosotros los cucuteños. Una cosa es que el escrito quiera hacer críticas a las costumbres políticas de la ciudad – de una manera igual de ordinaria y vulgar a la que le critica el autor a los políticos regionales -, pero otra cosa es que con grosería y sin ética comunicacional, comprometa sociológicamente a toda una ciudad y a su gente.
Para muchos de nosotros que podemos comparar a nuestra ciudad con muchas de otros países, tenemos razones de sobra para decir que Cúcuta de peladero no tiene nada, ni siquiera en la febril imaginación del siniestro escritor.
Cuánto no envidia Doha, por mencionar un ejemplo, los miles de árboles que embellecen las calles de la ciudad y permiten no solo una admiración urbanística, sino una interacción permanente y real con la naturaleza. Mientras en la capital de Qatar –uno de los países más ricos del mundo- no es posible caminar por sus costosísimas avenidas debido al calor del desierto, en Cúcuta nos damos el lujo de tener verdaderos túneles verdes en nuestras avenidas, donde nuestros niños conocen la naturaleza de primera mano y no a través de una tablet.
Cómo no envidiar las noches relampagueantes que se pueden ver en el cielo del norte de la ciudad provenientes del Faro del Catatumbo, una de las regiones de mayor pluviosidad a nivel mundial. Los cucuteños tenemos un espectáculo de fuegos artificiales ofrecido por la naturaleza cada noche, cada vez que miramos el cielo más allá de nuestro Cerro de Tasajero
Cómo no envidiar una ciudad de casas, que deja ver el cielo y no una metrópoli llena de edificios grises, que se parece más a una mole de concreto donde el ciudadano se pierde entre muros, muchas veces sin siquiera conocer a su vecino.
Una ciudad de parques donde los niños pueden jugar con sus amigos y no conocerlos por medio de redes sociales.
El mencionado escritor parece olvidar que en poco mas de una hora, se pasa de un ambiente semidesértico a uno de alta montaña, dejando ver toda la majestuosidad de la naturaleza. Europa, por ejemplo, es plana en mayor medida. Cuando uno le explica a un europeo que en Cúcuta estos cambios de ecosistema son posibles y tan cercanos, sencillamente le parece mágico.
Por lo tanto, no es justo ni racional, el malogrado intento del escritor por maltratar a una ciudad y sus personas, tal vez en un momento de irreverencia pueril.
Sin duda, nuestra ciudad tiene problemas como los tiene Tokio, Berlín y Doha – por no mencionar las locales. Negarlo es necio, pero decirlo, es descubrir lo básico. El escritor quiere mostrar un hallazgo agudo y crítico cuando lo que hace es encontrar lo obvio en un paupérrimo esfuerzo mental.
Tal vez la mayor dificultad es nuestra deficiencia en cultura ciudadana que permite un caos vehicular, contrabando, facilismo, prácticas clientelistas y sí, seguramente corrupción. Existen sin duda muchos temas por resolver. Pero de la mano, es posible decir que Cúcuta es una mezcla de elegante parsimonia con empuje y cultura. Una ciudad diferente y privilegiada, agradable para visitar y para promocionar a donde se vaya.
Así las cosas, a pesar del lenguaje corroncho de la nota escrita por Gallo, debo agradecerle porque con más ahínco mencionaré, cada vez que vaya a la deslumbrante Dubai o la tradicional Londres o la mística Roma, que existe una ciudad mágica que se llama Cúcuta y que yo soy de allí.
*Alexander Montero
