Martes, 20 de Enero de 2015
~En los últimos días, en Colombia se han dado casos que superan la
metáfora y nos hacen ver ante el mundo como animales primitivos,
carroñeros sin ley muy capaces de desollar vivo un toro apuñalado a
traición o de descuartizar un caballo herido.~
Durante siglos se ha hablado del olor de la sangre y de la atracción que ejerce sobre muchos animales. Unas veces, ese olor es real; otras, una simple metáfora para referirse a la manera como unos seres caen sobre otros que atraviesan dificultades de cualquier tipo.
Pero, en los últimos días, en Colombia se han dado casos que superan la metáfora y nos hacen ver ante el mundo como animales primitivos, carroñeros sin ley muy capaces de desollar vivo un toro apuñalado a traición o de descuartizar un caballo herido, en los dos casos ante el pueblo enardecido y hambriento de pan y circo… y de sangre caliente.
Los dos tristes episodios ocurrieron en el norte del país, donde algunas prácticas, toleradas por las autoridades, se enfocan en maltratar toros y vacas en espectáculos de vieja data conocidos como corralejas.
“Son parte de la cultura del pueblo costeño”, argumentan quienes consideran que tales corralejas deben permitirse, de la misma manera como se permiten las corridas de toros tradicionales o las peleas de gallos.
Y no les falta razón. Los gallos y los toros los trajeron los europeos, que lograron así que el Inca, por ejemplo, acudiera a sus más profundas raíces culturales para demostrarle al invasor que nada podría con la fuerza de la naturaleza americana.
Y nació así la Yáwar Fiesta, una jornada dramática y sangrienta en la que, en cada comienzo de año, sobre el lomo de un toro atan un cóndor que lo va desgarrando mientras el cuadrúpedo corre por las calles.
Si el cóndor, gana, será ese un buen año en materia de alimentos y felicidad para toda la comunidad. Si no… Más vale que gane el cóndor en la extraña y ancestral jornada anual de la sangre (yáwar significa sangre).
En Colombia, parece haber una casualidad inquietante, relacionada con episodios sangrientos como estos de Turbaco (Bolívar, el toro) y de Buenavista (Sucre, el caballo), y el afán de linchamiento que motiva a muchos vecindarios cuando ocurren ciertos delitos como el hurto agravado o los intentos de abuso sexual contra niños y mujeres.
Decenas de veces, la Policía se ha visto en serios aprietos para salvarles la vida a sospechosos o a delincuentes pillados in fraganti en vecindarios de la costa Atlántica, donde los habitantes se creen revestidos de toda facultad para disponer de la vida de esas personas. A muchos los han golpeado de manera salvaje incluso amenazando a la Policía, y a otros han pretendido quemarlos en hogueras improvisadas.
Basta con que un vecino lance el primer golpe, para que la multitud despliegue toda su artillería de golpes y malos tratos sobre los delincuentes que se dejaron agarrar. “Todos a una, como en Fuenteovejuna”, es una frase que surgió para la posteridad cuando Lope de Vega relató el linchamiento del comendador de Fuenteovejuna, Hernán Pérez de Guzmán, a manos de sus paisanos en una montonera que desdibujó la responsabilidad de cada uno en el crimen.
Esa casualidad de las escenas salvajes en las plazas de corraleja y el linchamiento de delincuentes, es de esperar que solo sea una coincidencia geográfica, no expresiones de un sentimiento colectivo despertado por el olor de la sangre.
Tanto en relación con los animales, y con mayor razón en los casos de linchamiento de seres humanos, las autoridades deben poner el máximo rigor en establecer responsables y en castigarlos. No se puede argumentar que como fue entre muchos, no se puede establecer quién responde. Eso no vale escucharlo de autoridad alguna.
Ha habido fallas garrafales en esas corralejas: a nadie han revisado. La prueba está en que cuando han atropellado a los dos animales han sobrado cuchillos y machetes que la Policía se olvidó de controlar. Y, en esos casos y en los de los linchamientos, la fuerza pública tiene mucho de responsabilidad. ¿A cuántos linchadores han capturado luego del intento de matar a un delincuente?
Pero, en los últimos días, en Colombia se han dado casos que superan la metáfora y nos hacen ver ante el mundo como animales primitivos, carroñeros sin ley muy capaces de desollar vivo un toro apuñalado a traición o de descuartizar un caballo herido, en los dos casos ante el pueblo enardecido y hambriento de pan y circo… y de sangre caliente.
Los dos tristes episodios ocurrieron en el norte del país, donde algunas prácticas, toleradas por las autoridades, se enfocan en maltratar toros y vacas en espectáculos de vieja data conocidos como corralejas.
“Son parte de la cultura del pueblo costeño”, argumentan quienes consideran que tales corralejas deben permitirse, de la misma manera como se permiten las corridas de toros tradicionales o las peleas de gallos.
Y no les falta razón. Los gallos y los toros los trajeron los europeos, que lograron así que el Inca, por ejemplo, acudiera a sus más profundas raíces culturales para demostrarle al invasor que nada podría con la fuerza de la naturaleza americana.
Y nació así la Yáwar Fiesta, una jornada dramática y sangrienta en la que, en cada comienzo de año, sobre el lomo de un toro atan un cóndor que lo va desgarrando mientras el cuadrúpedo corre por las calles.
Si el cóndor, gana, será ese un buen año en materia de alimentos y felicidad para toda la comunidad. Si no… Más vale que gane el cóndor en la extraña y ancestral jornada anual de la sangre (yáwar significa sangre).
En Colombia, parece haber una casualidad inquietante, relacionada con episodios sangrientos como estos de Turbaco (Bolívar, el toro) y de Buenavista (Sucre, el caballo), y el afán de linchamiento que motiva a muchos vecindarios cuando ocurren ciertos delitos como el hurto agravado o los intentos de abuso sexual contra niños y mujeres.
Decenas de veces, la Policía se ha visto en serios aprietos para salvarles la vida a sospechosos o a delincuentes pillados in fraganti en vecindarios de la costa Atlántica, donde los habitantes se creen revestidos de toda facultad para disponer de la vida de esas personas. A muchos los han golpeado de manera salvaje incluso amenazando a la Policía, y a otros han pretendido quemarlos en hogueras improvisadas.
Basta con que un vecino lance el primer golpe, para que la multitud despliegue toda su artillería de golpes y malos tratos sobre los delincuentes que se dejaron agarrar. “Todos a una, como en Fuenteovejuna”, es una frase que surgió para la posteridad cuando Lope de Vega relató el linchamiento del comendador de Fuenteovejuna, Hernán Pérez de Guzmán, a manos de sus paisanos en una montonera que desdibujó la responsabilidad de cada uno en el crimen.
Esa casualidad de las escenas salvajes en las plazas de corraleja y el linchamiento de delincuentes, es de esperar que solo sea una coincidencia geográfica, no expresiones de un sentimiento colectivo despertado por el olor de la sangre.
Tanto en relación con los animales, y con mayor razón en los casos de linchamiento de seres humanos, las autoridades deben poner el máximo rigor en establecer responsables y en castigarlos. No se puede argumentar que como fue entre muchos, no se puede establecer quién responde. Eso no vale escucharlo de autoridad alguna.
Ha habido fallas garrafales en esas corralejas: a nadie han revisado. La prueba está en que cuando han atropellado a los dos animales han sobrado cuchillos y machetes que la Policía se olvidó de controlar. Y, en esos casos y en los de los linchamientos, la fuerza pública tiene mucho de responsabilidad. ¿A cuántos linchadores han capturado luego del intento de matar a un delincuente?
