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Vengo a pedir la mano
Esa era la fórmula ceremoniosa. El novio llegaba donde los suegros, saludaba de venia, se quitaba el sombrero y, pálido de la emoción y del culillo, con las manos sudorosas, les decía, con voz apenas audible: “Vengo a pedir la mano de su hija porque me quiero casar con ella”. A veces se formaban las trifulcas, pero a veces también el lance terminaba de buenas maneras, porque el tipo les caía bien a los viejos. Como en el caso a que me voy a referir.
Jueves, 14 de Agosto de 2014
Esa era la fórmula ceremoniosa. El novio llegaba donde los suegros, saludaba de venia, se quitaba el sombrero y, pálido de la emoción y del culillo, con las manos sudorosas, les decía, con voz apenas audible: “Vengo a pedir la mano de su hija porque me quiero casar con ella”. A veces se formaban las trifulcas, pero a veces también el lance terminaba de buenas maneras, porque el tipo les caía bien a los viejos. Como en el caso a que me voy a referir.

Sucedió en Las Mercedes, hace exactamente 60 años. El novio era un apuesto galán, recién llegado del servicio militar, lo que le daba una merecida reputación en el mundo femenino de la localidad. Hijo del más prestigioso de todos los arrieros de la época, el muchacho empezó a hacer sus caudales en la pesa del pueblo, ataviado de delantal blanco y debajo de un toldo que mitigaba  los soles del medio día. Al lado de la pesa, una señora muy aseñorada,  María Antonia Sarmiento, calmaba la sed de los parroquianos, ofreciéndoles guarapo de diversas categorías, en diversas moyas y a diversos precios.

Los clientes abundaban donde  doña María Antonia, porque además la doña tenía una hija, de nombre Rita, elegante y bonita, de cabello largo y cuerpo cimbreante como la palma de coco de la plaza. Su mirada tierna, pero seria, era el suplicio de los hombres que la conocían.  Y el galán aquel, el hijo del patriarca de los arrieros, el vecino de la pesa, no fue la excepción. Con el pretexto de una taza de guarapo o de media librita de hueso, intercambiaban palabras y sonrisas, a escondidas de la doña. Y así, sin saberse cómo ni cuándo, fue naciendo un amor que desembocó en la ceremonia de pedida de la mano.

José Benildo Botello, el afortunado, se  atavió ese día con el mejor flux: un pantalón de dril, blanco, botacampana, camisa manga larga y cuello ajustado, cotizas blancas y peinado con brillantina. Se pegó un aguardiente doble, recibió una palmadita en la espalda de los compañeros peseros y se le midió a la suegra: “Yo venía a ver si me concede la mano de la Rita… “   Doña María Antonia, que ya sospechaba el romance por las continuas visitas del mancebo, que duraba toda un tarde con la misma totuma de guarapo, lo miró de arriba abajo, le analizó la pinta porque por la maleta se conoce al pasajero, le indagó por sus generales de ley y sus andanzas, le preguntó de qué iban a vivir, y le dijo de frente:

-¿Y para cuándo sería el casorio?

-Para diciembre-le contestó el apuesto joven.

-No señor- le dijo doña María Antonia- . De aquí a diciembre usted se puede arrepentir, y a la china me la deja ensayada. Lo que ha de ser, que sea ya. Y otra cosa: Me la trata bien, porque si no, soy capaz de romperle estas moyas en la cabeza”.

Sucedió hace 60 años. Benildo y Rita se casaron como Dios manda y doña Antonia no tuvo necesidad de partirle ninguna moya en la cabeza al yerno, porque el hogar funcionó a las mil maravillas, como sigue funcionando hoy, a pesar del tiempo y de los hijos, ninguno de los cuales  salió arriero, ni pesero. En cambio, porque el destino es cruel, uno salió político, otro heredó la vena judía y comercial del tío Ruperto, y por allá en las extranjas anda otro, entregado a los libros. Las mujeres, todas buenas mozas y juiciosas como la mamá, sacaron la cara por la familia.

El sábado 16 de agosto estarán de mucha celebración. Estaremos, digo, porque yo me pego a la mantequilla, igual que en mis vacaciones de diciembre  me pegaba a la olla de masato de doña Rita. Y a sus tamales. ¡Los más sabrosos del pueblo! Celebraremos y les echaremos de nuevo manotadas de arroz y los aplaudiremos cuando vuelvan a bailar el vals. Porque Rita y Benildo cumplieron a carta cabal su compromiso de amor.      
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