Sábado, 28 de Junio de 2014
~Después de la maravillosa tarde que nos brindaron desde Brasil nuestros
futbolistas, es muy poco lo que resta por decir de la nueva juventud de
este país.~
Después de la maravillosa tarde que nos brindaron desde Brasil nuestros futbolistas, es muy poco lo que resta por decir de la nueva juventud de este país.
Nuevas generaciones han cambiado la manera de pensar y de actuar de los colombianos, pese a los grandes lastres del pasado que nos habían convencido de que lo foráneo era lo mejor y de que lo nuestro, por ser nuestro, no valía la pena.
Hoy sabemos que no es así, y que somos un país para el que, al menos en la teoría, nada es imposible. Las ciencias, las artes, los negocios, en fin, todas las actividades del hombre tienen, entre sus figuras más brillantes, a colombianos.
El deporte, nada más, le ha brindado a Colombia satisfacciones tan grandes como nunca antes se tuvieron, y abrieron caminos de esperanza que nos permiten pensar en que, dentro de un tiempo, ninguna gloria deportiva nos puede ser ajena.
Hay una juventud deportiva colombiana que se abre paso en el mundo con vocación de triunfo, hombres y mujeres que imponen su sello en lo más alto de los podios y que dan ejemplo de dedicación, esfuerzo y disciplina, como nunca antes.
Lo hecho hasta ahora por la selección colombiana de fútbol en el Mundial de Brasil ha ido más allá de las expectativas acostumbradas, según las cuales, un buen desempeño era suficiente para sentir satisfacción. Más allá era la gloria. Y ayer comenzamos a saber lo que es estar inmersos en ella, ser ella misma.
Pues, en buena hora, para la juventud colombiana, en especial la deportiva, el más allá es solo el objetivo permanente: el olímpico lema de más fuerte, más alto, más lejos, es para muchos muchachos de este país como el pan de cada día.
Atletismo, béisbol, ciclismo, patinaje, natación, tiro con arco, fútbol, para no citar todos los deportes, tienen que ver con el nombre de Colombia como el de los campeones que los rivales del mundo entero deben derrotar… e imitar.
Gloria, pues, a estos muchachos y muchachas, veteranos generales de mil guerras que, además de ser los mejores del planeta en lo suyo, les permiten a los demás colombianos tenerlos como factor y símbolo de cohesión nacional , y como una esperanza de victoria irreductible que haga cada día de bandera y estandarte.
Muchos de estos nuevos dioses son apenas niños que acaban de abandonar la cuna para echarse a Colombia al hombro y llevarla siempre más y más allá, en un derroche de sacrificio y de hidalguía que nos hace sentir un orgullo inigualable.
Esta exquisita selección nacional de fútbol, intérprete fiel de la modestia convertida en arte, es, quién puede dudarlo, el más fiel reflejo de lo que en verdad significa ser colombiano: sencillez, sacrificio, pulcritud, trabajo, coraje, belleza, humildad, lealtad, alegría, solidaridad, combatividad, y todo animado por un valor y una determinación a toda prueba.
El Estado no puede permitirse el lujo de que esta ofensiva de los niños en busca de la inmortalidad se desperdicie. Debe destinar más y más recursos de toda clase, buscar a los mejores entrenadores, construir muchos más campos y más pistas, entregarles todo lo que necesiten…
Hay que invertir en el deporte el dinero de la guerra. Siempre será más rentable, más honesto, más sano. Sobre todo, más sano. Aplausos para los James, los Falcao, los Cuadrado, los Ospina, los ‘Miñía’, líderes invictos de un invencible ejército de gladiadores que quiere, busca y logra lo mejor para Colombia.
Nuevas generaciones han cambiado la manera de pensar y de actuar de los colombianos, pese a los grandes lastres del pasado que nos habían convencido de que lo foráneo era lo mejor y de que lo nuestro, por ser nuestro, no valía la pena.
Hoy sabemos que no es así, y que somos un país para el que, al menos en la teoría, nada es imposible. Las ciencias, las artes, los negocios, en fin, todas las actividades del hombre tienen, entre sus figuras más brillantes, a colombianos.
El deporte, nada más, le ha brindado a Colombia satisfacciones tan grandes como nunca antes se tuvieron, y abrieron caminos de esperanza que nos permiten pensar en que, dentro de un tiempo, ninguna gloria deportiva nos puede ser ajena.
Hay una juventud deportiva colombiana que se abre paso en el mundo con vocación de triunfo, hombres y mujeres que imponen su sello en lo más alto de los podios y que dan ejemplo de dedicación, esfuerzo y disciplina, como nunca antes.
Lo hecho hasta ahora por la selección colombiana de fútbol en el Mundial de Brasil ha ido más allá de las expectativas acostumbradas, según las cuales, un buen desempeño era suficiente para sentir satisfacción. Más allá era la gloria. Y ayer comenzamos a saber lo que es estar inmersos en ella, ser ella misma.
Pues, en buena hora, para la juventud colombiana, en especial la deportiva, el más allá es solo el objetivo permanente: el olímpico lema de más fuerte, más alto, más lejos, es para muchos muchachos de este país como el pan de cada día.
Atletismo, béisbol, ciclismo, patinaje, natación, tiro con arco, fútbol, para no citar todos los deportes, tienen que ver con el nombre de Colombia como el de los campeones que los rivales del mundo entero deben derrotar… e imitar.
Gloria, pues, a estos muchachos y muchachas, veteranos generales de mil guerras que, además de ser los mejores del planeta en lo suyo, les permiten a los demás colombianos tenerlos como factor y símbolo de cohesión nacional , y como una esperanza de victoria irreductible que haga cada día de bandera y estandarte.
Muchos de estos nuevos dioses son apenas niños que acaban de abandonar la cuna para echarse a Colombia al hombro y llevarla siempre más y más allá, en un derroche de sacrificio y de hidalguía que nos hace sentir un orgullo inigualable.
Esta exquisita selección nacional de fútbol, intérprete fiel de la modestia convertida en arte, es, quién puede dudarlo, el más fiel reflejo de lo que en verdad significa ser colombiano: sencillez, sacrificio, pulcritud, trabajo, coraje, belleza, humildad, lealtad, alegría, solidaridad, combatividad, y todo animado por un valor y una determinación a toda prueba.
El Estado no puede permitirse el lujo de que esta ofensiva de los niños en busca de la inmortalidad se desperdicie. Debe destinar más y más recursos de toda clase, buscar a los mejores entrenadores, construir muchos más campos y más pistas, entregarles todo lo que necesiten…
Hay que invertir en el deporte el dinero de la guerra. Siempre será más rentable, más honesto, más sano. Sobre todo, más sano. Aplausos para los James, los Falcao, los Cuadrado, los Ospina, los ‘Miñía’, líderes invictos de un invencible ejército de gladiadores que quiere, busca y logra lo mejor para Colombia.
