Lunes, 9 de Febrero de 2015
Mi primer contacto con el fascinante mundo de la medicina y las ciencias de la salud sucedió en mi primera infancia (¿cuántas infancias tendrá uno?), en Las Mercedes.
El boticario del pueblo, don Luciano Manosalva, era el hombre orquesta del pueblo: hacía de asentista, vendía aguardiente, formulaba vermífugos y purgas que él mismo preparaba, aplicaba inyecciones, administraba el único teléfono de la región y nos vendía frasquitos de tinta a los escolares que estábamos aprendiendo a escribir con pluma.
Posteriormente el medico fue un yerbatero campesino, Pío Gélvez que labraba el campo de lunes a viernes y llegaba al pueblo sábados y domingos con su tarantín de frascos y jarabes.
Pio Gélvez era además odontólogo: curaba dolores de muela y sacaba dientes de leche.
Cierto día apareció en la región una señora a quien llamaban la médica Alicia, que conocía las enfermedades de los pacientes a través de la orina.
Todos los domingos frente a su consultorio había colas de enfermos con su tarrito de orina que Alicia examinaba a contra luz en la ventana para dictaminar la enfermedad y el remedio que ella misma formulaba.
La médica Alicia adquirió gran fama hasta que llegó un boticario, Santiago Alcocer, bien vestido, bien hablado y dueño de una farmacia bien surtida.
Un maestro de escuela, que había aprendido en la Normal de Convención a vacunar perros y a capar gatos, se dedicó también en sus ratos libre a hacerles bien a las gentes achacosas. Iba de casa en casa con una jeringa que hervía en alcohol para esterilizar.
Rito Aurelio Ramírez León soltaba la tiza y agarraba la inyectadora. No cobraba. Con un pocillo de aguamiel y un pedazo de pan, le pagaban su generosidad.
Alguna vez llegó una brigada de médicos y de enfermeras que iban en una campaña de vacunación contra la viruela. Vestidos de blanco se regaron por el pueblo en busca de niños para vacunar. Fueron tres días de terror por nuestro miedo a las agujas.
A medida que el pueblo se fue modernizando, también se modernizaron algunos servicios: hubo luz eléctrica, hubo acueducto y hubo puesto de salud, lo que quiere decir que hubo alguna vez buenos políticos.
El puesto de salud empezó con un catre, una olla para hervir inyectadoras y unos frascos de alcohol y mertiolate. Poco a poco, y gracias a la incansable labor de la enfermera Matilde de Rincón, la infraestructura fue creciendo y hoy, Las Mercedes muestra un moderno puesto de salud que semeja un pequeño hospital.
Hay que reconocer que médicos y enfermeras son indispensables en este enredo llamado mundo.
Hay médicos cascarrabias y médicos que son una madre; médicos saludables y médicos amargados, pero todos hacen lo posible por ayudar a la humanidad. Sin médicos el mundo ya se hubiera acabado.
Con las enfermeras el cuento es distinto. Ellas son un manojo de ternura vestidas de blanco. Ellas con su sonrisa, sus delicadas manos y el índice en los labios pidiendo silencio les ponen un toque de esperanza a los enfermos y les infundan ganas de vivir. Estamos en mora los humanos de rendirles homenaje a médicos y enfermeras, que muchas veces, contra viento y marea, se proponen sacar nuestra débil embarcación hacia la otra orilla.
El boticario del pueblo, don Luciano Manosalva, era el hombre orquesta del pueblo: hacía de asentista, vendía aguardiente, formulaba vermífugos y purgas que él mismo preparaba, aplicaba inyecciones, administraba el único teléfono de la región y nos vendía frasquitos de tinta a los escolares que estábamos aprendiendo a escribir con pluma.
Posteriormente el medico fue un yerbatero campesino, Pío Gélvez que labraba el campo de lunes a viernes y llegaba al pueblo sábados y domingos con su tarantín de frascos y jarabes.
Pio Gélvez era además odontólogo: curaba dolores de muela y sacaba dientes de leche.
Cierto día apareció en la región una señora a quien llamaban la médica Alicia, que conocía las enfermedades de los pacientes a través de la orina.
Todos los domingos frente a su consultorio había colas de enfermos con su tarrito de orina que Alicia examinaba a contra luz en la ventana para dictaminar la enfermedad y el remedio que ella misma formulaba.
La médica Alicia adquirió gran fama hasta que llegó un boticario, Santiago Alcocer, bien vestido, bien hablado y dueño de una farmacia bien surtida.
Un maestro de escuela, que había aprendido en la Normal de Convención a vacunar perros y a capar gatos, se dedicó también en sus ratos libre a hacerles bien a las gentes achacosas. Iba de casa en casa con una jeringa que hervía en alcohol para esterilizar.
Rito Aurelio Ramírez León soltaba la tiza y agarraba la inyectadora. No cobraba. Con un pocillo de aguamiel y un pedazo de pan, le pagaban su generosidad.
Alguna vez llegó una brigada de médicos y de enfermeras que iban en una campaña de vacunación contra la viruela. Vestidos de blanco se regaron por el pueblo en busca de niños para vacunar. Fueron tres días de terror por nuestro miedo a las agujas.
A medida que el pueblo se fue modernizando, también se modernizaron algunos servicios: hubo luz eléctrica, hubo acueducto y hubo puesto de salud, lo que quiere decir que hubo alguna vez buenos políticos.
El puesto de salud empezó con un catre, una olla para hervir inyectadoras y unos frascos de alcohol y mertiolate. Poco a poco, y gracias a la incansable labor de la enfermera Matilde de Rincón, la infraestructura fue creciendo y hoy, Las Mercedes muestra un moderno puesto de salud que semeja un pequeño hospital.
Hay que reconocer que médicos y enfermeras son indispensables en este enredo llamado mundo.
Hay médicos cascarrabias y médicos que son una madre; médicos saludables y médicos amargados, pero todos hacen lo posible por ayudar a la humanidad. Sin médicos el mundo ya se hubiera acabado.
Con las enfermeras el cuento es distinto. Ellas son un manojo de ternura vestidas de blanco. Ellas con su sonrisa, sus delicadas manos y el índice en los labios pidiendo silencio les ponen un toque de esperanza a los enfermos y les infundan ganas de vivir. Estamos en mora los humanos de rendirles homenaje a médicos y enfermeras, que muchas veces, contra viento y marea, se proponen sacar nuestra débil embarcación hacia la otra orilla.
