Domingo, 3 de Febrero de 2013
El remanso es un fenómeno natural que hace que la corriente del agua se detenga, en un lugar apacible, quizá para descansar de los afanes de tanto correr por la ruta de la naturaleza.
Asimilarlo a la vida de todos nosotros permite recurrir a la sabia majestuosidad de la reflexión, lograr una especie de filiación con el espíritu, una intimidad, una estación para llegar al remanso interior, aunque sea en pocos momentos de cada día, al menos uno, que tiene nombre de paz.
Y cada vez que lo intenta, aparece una luz nueva, una referencia que atrae hacia ese espacio íntimo apacible, desde el cual se aprecia la existencia con otros motivos: donde se siente, por ejemplo, que un Nocturno de Chopin no tiene comparación y que, cualquiera de las formas del arte, la lectura, obviamente la música, la visualización emotiva de lo natural, una flor despertando en la mañana, los platicos vacíos para la comida y el agua de los pajaritos, que deben llenarse con cariño para merecer su trino, en fin, la contemplación de tantas cosas bonitas que están ahí, alrededor de nosotros, formando el recodo apacible que nos puede generar admiración por lo hermoso que nos rodea, todo eso, es tan bello que justifica el esfuerzo diario y la jornada ardua de la supervivencia y, sobretodo, hace que la vida cobre sentido y se sienta vibrar el templo interior que tenemos adentro, en nuestra alma.
Así, germina el remanso, y uno siente afecto por sí mismo, por los demás, por tantas cosas que tiene, las cuales, como en mi caso, superan lo que merecía, y siente la necesidad de dar gracias a Dios por ser tan afortunado.
Uno se da cuenta de que el agua que se detiene es lo valioso que logra rescatar de la cantidad (abrumadora) de cosas que hace, que siente, que piensa y que dice, aquellas que se depuran y se despojan de lo superficial y se siembran, en la consciencia, para constituir los fundamentos del amor.
Y el remanso calla y habla en su silencio, aconseja y fortalece, lo prepara a uno a dar la gran batalla por la vida: entonces uno contempla su propia dimensión y lo halla, en la medida de sus propios valores, y lo disfruta, también la medida con la cual se interese por la armonía de su alma.
Asimilarlo a la vida de todos nosotros permite recurrir a la sabia majestuosidad de la reflexión, lograr una especie de filiación con el espíritu, una intimidad, una estación para llegar al remanso interior, aunque sea en pocos momentos de cada día, al menos uno, que tiene nombre de paz.
Y cada vez que lo intenta, aparece una luz nueva, una referencia que atrae hacia ese espacio íntimo apacible, desde el cual se aprecia la existencia con otros motivos: donde se siente, por ejemplo, que un Nocturno de Chopin no tiene comparación y que, cualquiera de las formas del arte, la lectura, obviamente la música, la visualización emotiva de lo natural, una flor despertando en la mañana, los platicos vacíos para la comida y el agua de los pajaritos, que deben llenarse con cariño para merecer su trino, en fin, la contemplación de tantas cosas bonitas que están ahí, alrededor de nosotros, formando el recodo apacible que nos puede generar admiración por lo hermoso que nos rodea, todo eso, es tan bello que justifica el esfuerzo diario y la jornada ardua de la supervivencia y, sobretodo, hace que la vida cobre sentido y se sienta vibrar el templo interior que tenemos adentro, en nuestra alma.
Así, germina el remanso, y uno siente afecto por sí mismo, por los demás, por tantas cosas que tiene, las cuales, como en mi caso, superan lo que merecía, y siente la necesidad de dar gracias a Dios por ser tan afortunado.
Uno se da cuenta de que el agua que se detiene es lo valioso que logra rescatar de la cantidad (abrumadora) de cosas que hace, que siente, que piensa y que dice, aquellas que se depuran y se despojan de lo superficial y se siembran, en la consciencia, para constituir los fundamentos del amor.
Y el remanso calla y habla en su silencio, aconseja y fortalece, lo prepara a uno a dar la gran batalla por la vida: entonces uno contempla su propia dimensión y lo halla, en la medida de sus propios valores, y lo disfruta, también la medida con la cual se interese por la armonía de su alma.
