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El poder político
La semana pasada los medios masivos de comunicación, principalmente los de América Latina, fueron inundados con noticias provenientes de la región, que dan pie para referirnos a un fenómeno eminentemente académico y de derecho político, del que hablara el profesor francés Georges Burdeau,: del poder político y su sucesión.
Martes, 12 de Marzo de 2013
La semana pasada los medios masivos de comunicación, principalmente los de América Latina, fueron inundados con noticias provenientes de la región, que dan pie para referirnos a un fenómeno eminentemente académico y de derecho político, del que hablara el profesor francés Georges Burdeau,: del poder político y su sucesión.

Consigna el citado profesor que ese poder político –que tanto nos gusta, cómo no- inicialmente estuvo “difuso” en las masas y cuando la hostilidad de los vecinos y los aprietos económicos demandaron la presencia de un jefe, le correspondió ejercerlo al más fuerte y hábil, quien lo hizo como privilegio personal por su valentía y arrojo. Esta “individualización del poder” tiene el inconveniente de la sucesión porque se rige por la fuerza, la codicia y la falta de reglas. Se sabe quién manda pero no quién tiene el derecho de mandar. Para despersonalizar ese poder surgió más tarde la “institucionalización del poder”, y para darle forma se inventó el Estado, que se define según la óptica de donde se mire: para la derecha es la personificación jurídica de la Nación, y para la izquierda, según Lenin en su famosa conferencia “Sobre el Estado”, es un aparato al servicio de la clase dominante. Pero lo que nos interesa aquí es aclarar que el Estado es el sostén del poder político, es el titular “abstracto y permanente”
del mismo, sin importar quién lo ejerce en determinado periodo, como lo vimos recientemente en Colombia, EE.UU. y México. Es decir, en el poder institucionalizado los gobernantes no se eternizan, están sujetos a periodo. Algo así como la sucesión convergente, de la que hablan los matemáticos.

En las últimas décadas hemos visto que el desarrollo y auge de los medios masivos de comunicación –del que habláramos recientemente-, la civilización de masas y el advenimiento de grandes periodos de crisis en varios frentes, ha llevado a que el poder político se concentre en una persona y entonces se identifica a la Nación con la silueta de un personaje. Es así como a través de la historia vemos este fenómeno cuando hablamos de la Cuba de Fidel, el Vietnam de Ho Chi Minh, la Alemania de Hitler, la España de Franco, entre otros. Es la “personalización del poder”, con vínculos lejanos con la individualización del mismo.

Al inicio de su obra La rebelión de las masas nos dice José Ortega y Gasset que “las masas, por definición, no deben ni pueden dirigir su propia existencia, y menos regentar la sociedad,…”, y es verdad, porque sería el caos por falta de preparación y organización, pero tampoco es individualizando, patrimonializando, sacralizando ni personalizando el poder político como se dirigen los destinos de la “nave del Estado”, como decían los centenaristas colombianos. Debemos aferrarnos al poder político institucionalizado y sujeto a normas diáfanas para no caer en la autocracia, que tanto daño ha hecho en países como Siria, Egipto y hasta hace poco Libia e Irak, entre otros.

Son apasionantes estos temas de la Teoría general del Estado y la Sociología política, y razón tiene el doctor Luis Carlos Sáchica quien en reciente entrevista con Juan Manuel Charry Urueña manifestó que como profesor se sentía a gusto en el derecho constitucional general, donde se intima con esta temática.

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