Ya liberado el general Alzate del laberinto en el que, de una manera inexplicable, se metió, y vueltas a su nivel las aguas del tormentoso río político, ¿qué seguirá ahora para Colombia y su proceso en busca del fin de la guerra?
Es de esperar que las razones que hayan llevado al oficial a meterse a la boca del lobo se conozcan pronto y que para nada influyan en las conversaciones gobierno-Farc, pues aunque lo ocurrido fue una inesperada prueba para las partes, hay que destacar el hecho de que todo fue un real éxito.
Para los colombianos debe quedar claro —porque la conclusión es esa— que los negociadores de las Farc tienen un mando claro, directo, eficiente y eficaz sobre todas sus tropas. El hecho de que dos de los delegados —‘Pastor Alape’ y ‘Carlos Arturo Lozada’—hayan viajado a las zonas donde estaban los cinco secuestrados, demuestra que Santos está dialogando con quienes tiene que hacerlo.
Los diálogos de La Habana seguirán, sin duda. No puede ser de otra manera. Pero, ¿cuáles serán los términos, las modificaciones que se impondrán? Porque, a pesar de que lo ocurrido con el general oxigenó las negociaciones, hay coincidencia en que se necesitan cambios, aunque el propio Presidente Santos parezca estar aferrado a la idea de no fijar más pautas de las ya acordadas.
De todos modos, algo se debe hacer, para evitar que las Farc sigan con su discurso según el cual, al negociar en medio de la guerra cabe la posibilidad de que los guerrilleros puedan ejecutar acciones militares que en la práctica solo son delitos de lesa humanidad, como el secuestro, en relación con el cual el gobierno debe hacer una pronta y perentoria exigencia para que las Farc liberen de inmediato a todas las personas secuestradas.
Y otra, más enérgica todavía, para que dejen de reclutar niños, un fenómeno que se mantiene vigente en todas las zonas de influencia de la organización sediciosa.
No hacerlo lleva a pensar que para el gobierno aún sigue habiendo secuestrados de primera y de segunda; secuestrados por los que se puede suspender hasta un proceso que es trascendental en cuanto a lo que implica, y secuestrados por los que no vale la pena ni siquiera una declaración oficial. Y esto también vale para las Farc.
Un cambio necesario debe hacerlo el gobierno en relación con el mensaje que recibe la opinión, convencida de que el diálogo en Cuba debe ser igual de confuso a como actúan el Presidente, que dice una cosa, y el ministro de Defensa, que se apresura a contradecirla y a generar desconcierto.
Esa falta de coherencia ha llevado a que la opinión no reciba un mensaje unívoco, y a veces no entienda, con la claridad debida, el contenido de las cosas que se discuten y el significado de lo que se aprueba.
Otra modificación tiene que ser la de la duración de los diálogos. De unos cuantos meses, inicialmente señalados por el Presidente, se pasó a un tiempo indefinido. Pero, en aras de la necesidad de encaminar el país lo más pronto por la senda de la paz, lo mejor es presionar un poco el acelerador, antes de que los colombianos pierdan todo interés por lo que se discute y la posterior ratificación de lo acordado.
Hoy mismo, es posible que algunas personas hayan olvidado el contenido del punto relativo a la situación del sector rural. Desde cuando lo firmaron los negociadores ha pasado tanto tiempo…
Lunes, 1 de Diciembre de 2014
