Como van las cosas, las próximas elecciones presidenciales en Estados Unidos podrían enfrentar, nuevamente, a un Clinton con un Bush. Como si no hubiera otras personas con capacidad y con posibilidades de llegar a la Casa Blanca.
Capaces, claro, hay muchas, tanto hombres como mujeres, en todos los estados y en ambos partidos. Pero, con reales posibilidades de suceder a Barack Obama, muy pocas.
Más los Bush entre los republicanos, que los Clinton entre los demócratas, los dos clanes más poderosos de la política estadounidense —y en cierto modo mundial—, se han encargado de dejar sin vigencia a eventuales y también muy poderosos rivales.
Falta aún año y medio para el 8 de noviembre de 2016, cuando será elegido el nuevo presidente, pero ya Estados Unidos se está haciendo a la idea de que la lucha se centrará entre Hillary Clinton y Jeb Bush, el menor de la segunda generación del clan que fundó George H. W. cuando fue presidente en 1989.
Desde entonces, la política partidista de Estados Unidos ha estado centrada en estas dos familias, que incluso tuvieron que ver con la elección de Barack Obama, una especie de islote en el mar dominado por los apellidos Clinton y Bush.
Desde 1989, muchos jóvenes estadounidenses creen que solo un Clinton o un Bush tiene derecho a aspirar a la presidencia de su país. No ha habido más opciones desde entonces, y si las ha habido, han sido demolidas por el poder de unos y otros.
Marco Rubio, un hijo de cubanos nacido en Miami que en algún momento de 2010 surgió como una figura republicana con mucho potencial para llegar hasta la Casa Blanca, se ha visto enfrentado a explicar algunas cosas de que lo acusan, como haber pagado gastos personales con la tarjeta de crédito del partido republicano.
Solo un poder suficiente dentro del partido pudo filtrar esa información interna, que dejó a Rubio mal parado, pues para explicar lo ocurrido debió hacer públicos sus bienes, y el país se enteró de que el hombre está casi en la quiebra, y así ni lo miran.
Casado con colombiana y con grandes posibilidades de convertirse en un gran líder hispano, Rubio es ahora una figura tambaleante, ante la arremetida de Jeb Bush y su familia. Bush es casado con una mexicana y habla regular español, y por eso dos detalles se hace considerar como hispano.
Ambos están en la Florida, un estado que decide muchas cosas en política, y el caso de Cuba y la reanudación de relaciones diplomáticas con Estados Unidos ha sido un punto controversial que puede modificar el comportamiento electoral del llamado exilio, dividido por la decisión de Obama de acercarse a Washington y La Habana.
Desde comienzos de este siglo, el voto hispano es decisivo en las elecciones para presidente en Estados Unidos. En lo que va del siglo, la población hispana ha crecido 45 por ciento, y ya son 51,5 millones de personas, que representan 15 por ciento de la población del país.
Para las próximas elecciones, el electorado hispano podría poner 15 millones de votos, estimulados por la decisión del gobierno de facilitarles a centenares de miles de inmigrantes irregulares la solución de su problema.
Y, la gran mayoría de esos votos estarán, nadie lo duda, con el candidato o la candidata demócrata.
Pero, más allá de las posibilidades de Clinton o Bush, hay que destacar el fenómeno de sus clanes en la política estadounidense. Prácticamente se han hecho dueños del demócrata los Clinton de Arkansas y Nueva York, y del republicano, los Bush de Texas y Florida.
Una consecuencia es la de que muchos jóvenes estadounidenses solo han oído esos apellidos en la política de su país, pues Obama, como excepción, solo ha servido para confirmar la regla de que los Clinton y los Bush son la política de esa nación.
