Hace doscientos diez años se libró la Batalla de Cúcuta para romper el yugo de la dominación española mediante el triunfo de las tropas comandadas por el coronel Simón Bolívar. La ciudad en aquel entonces fue liberada, pero hoy todavía es asediada y atacada por enemigos de diversa índole.
En este instante, la batalla pendiente por ganar es contra la inseguridad en la capital de Norte de Santander, donde cada día supera al que pasó, en cuanto a la peligrosidad, terror e intimidación generada por los sucesos violentos que han entrado en una escalada que parece incontenible.
Que en la ciudad más importante de la frontera colombo-venezolana se cometa un doble crimen después de que las víctimas salieron de un acto fúnebre en el cementerio y que a las pocas horas aparezca otra persona desmembrada, aparte del ataque con granadas en la zona central y, como si fuera poco, se descubra una fiesta clandestina con menores de edad consumiendo drogas en Villa del Rosario, son indicadores que todo está al revés.
Al contrario de lo ocurrido aquel 28 de febrero de 1813, hoy la indisciplina ciudadana está derrotando al civismo que sigue siendo un comportamiento extraño y hasta mandado a recoger porque aquí lo natural es incumplir y desconocer los mínimos códigos de conducta para una interacción ciudadana dentro de los preceptos de la convivencia pacífica y el respeto a los demás.
Esta batalla es urgente reforzarla porque esta incultura ciudadana que implica desconocer las leyes y burlarse de las autoridades, al final termina degenerándose en la formación de personas que fácilmente pueden empezar a cruzar las líneas rojas del Código Penal.
Batallar con firmeza y sin cuartel contra la corrupción es algo de lo que mucho se pregona a los cuatro vientos pero muy pocos resultados reales se logran, mientras continuamos asistiendo a denuncias, escándalos y señalamientos que la mayoría de las veces no van más allá de los reportes de prensa, puesto que o no prosperan o la paquidermia de la justicia hace lento los procesos hasta que nada pasa y todo sigue igual.
La indiferencia frente a los problemas al pensarse que esto o aquello no nos afecta o porque se cree que ya nada importa y lo que se haga no servirá de nada, es urgente derrotarla para cambiarla por una actitud positiva y proactiva de la comunidad para ayudar a construir una ciudad mejor.
La otra batalla que es necesario pelear es para procurar menos discursos filosóficos y más acción real hacia la gestión y desarrollo práctico de los planes y programas que se necesitan, puesto que el ciudadano también se cansa de tantos anuncios y promesas que no pasan de ahí.
Batallar por la paz, por la defensa de los Derechos Humanos, contra el hambre, la desigualdad y la pobreza extrema es algo que debe dejar de sonar como discurso de campaña para atraer votantes y convertirse en un asunto de primera línea en el ámbito local, donde tantas dificultades tenemos en todos esos frentes.
Bolívar que en aquél entonces era coronel y después emprendió desde estas tierras la denominada ‘Campaña Admirable’, es un ejemplo a seguir para que en la ciudad, el área metropolitana y el departamento se haga algo con un nombre similar para enderezar el rumbo de la región y evitar así que el deterioro y la crisis persistan o empeoren y se llegue a un temible callejón sin salida.
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