Milena Casadiego, de 24 años, sintió un frío interno que le fue calando las venas a medida que circulaba su sangre por el cuerpo, al escuchar la respuesta que acababa de darle el dueño del restaurante al que había acudido en busca de trabajo: “Aquí necesitamos a gente que hable”.
Ella es sorda y solo se comunica con los demás a través de intérprete de lengua de señas.
La posición de este empleador es la de que sus trabajadores deben estar en permanente contacto con los clientes, preguntarles qué quieren comer y cómo lo quieren, y difícilmente esta misión no la podía cumplir Milena, quien recién acaba de recibir su grado de técnico de cocina del Servicio Nacional de Aprendizaje (Sena).
La fea experiencia que vivió esta cucuteña también la han padecido los más de seis mil miembros que integran la población de sordos de Cúcuta. Es la peor pesadilla para ellos, dice la licenciada en Pedagogía y experta en lengua de señas, Grimelda Lucía Cárdenas Cáceres, quien lleva trabajando desde hace 15 años con personas con esta discapacidad.
Después del empleo, acceder al servicio educativo se constituye en la segunda dificultad con la que deben lidiar los sordos en Cúcuta, dadas las escasas oportunidades que les brinda la sociedad.
Esto porque si bien tienen completo manejo de su lengua, hacerse entender o descifrar lo que les llega de otras personas que no sean de su condición representa toda una odisea dada la escasez de intérpretes en la ciudad. “El problema para ellos no es comunicarse, sino cómo hacerlo”, señala la experta.
Solo 15 de estos profesionales están dispuestos para una población de seis mil sordos, mientras que para un colegio de apenas dos mil estudiantes normales hay disponibles 65 maestros.
La iniquidad salta a la vista, aunque hasta hace apenas cinco años empezó a darse un vuelco trascendental en este campo con el rompimiento del mito del ingreso del sordo a la universidad, dice Cárdenas.
Hoy, en la universidad de Pamplona cursan estudios de Ingeniería de Telecomunicaciones cuatro sordos. El año pasado, la Universidad Francisco de Paula Santander graduó un sordo en Contaduría y la Universidad Antonio Nariño tiene un sordo estudiando Sicología.
Este año, la corporación Minuto de Dios (Uniminuto) abrió un diplomado para formar a los interesados en lengua de señas, con el fin de aumentar el número de intérpretes y facilitar la comunicación con la población de sordos.
“La brecha sigue aún muy abierta en este campo, tenemos buenos proyectos, pero si no contamos con intérpretes vamos a seguir en la oscuridad”, dijo Andrés Aristizábal, miembro de la Asociación de Sordos de Norte de Santander y profesor en un centro de educación especial que funciona en el barrio Guaimaral.
Para Cárdenas, también hay un gran vacío en la ciudad en el aprendizaje de la lengua de señas, por eso se hace necesario que las autoridades le apunten a una Cúcuta bilingüe, dotada con todas las herramientas para brindarles no solo a los sordos, sino a todas las personas con discapacidades un trato en igualdad de condiciones de los demás ciudadanos.
Agrega que el sordo es una persona normal, igual a las demás, pero sigue habiendo mucha incomunicación con esta población.
Para Aristizábal el inconveniente grande es el acceso al trabajo y a la salud, “Nos sentimos todavía discriminados y esto tiene que acabarse”, dijo.
En Cúcuta –dice– falta más accesibilidad para las personas con discapacidad auditiva, falta profundizar más en muchos temas, para que los sordos puedan continuar haciendo una vida normal con equidad y con acceso a la educación y todos los servicios.
Por fortuna, se empezaron a dar pasos en beneficio de esta población desde la ESE Imsalud, entidad que le ha abierto las puertas a los sordos.
Orlando Carvajal / La Opinión
